Un lujo asiático.

Un lujo asiático.

Por Andres Aiello
 
Infiniti ha decidido que su estandarte sea el Infiniti Q50: una berlina premium que se presenta con dos motorizaciones: híbrida y un motor propulsado por gasolina. Con ambas ya probadas por las carreteras de Tokio nos disponemos a hablar de lo que nos ha transmitido a lo largo de una toma de contacto que tiene un poco de todo: ciudad, carretera, autopista y circuito.
 

 
Infiniti ofrece el Q50 con un motor V6 de 3.7 litros y transmisión automática de siete cambios, que genera 327 caballos de fuerza o con el V6 de 3.5 litros con la tecnología Infiniti Direct Response Hybrid™ con tracción trasera o en las cuatro ruedas y el sistema Intelligent Dual Clutch Control, lo que lo convierte en un híbrido más enfocado en el alto desempeño que en la eficiencia del consumo de gasolina.
Todos los modelos están equipados con la transmisión automática de siete cambios y paletas de magnesio detrás del volante para realizar cambios manuales, con lo que el rendimiento de gasolina es de 20 millas por galón en ciudad, 30 en carretera y un promedio combinado de 23, una milla mejor que el modelo anterior con el mismo motor.
 

Para el modelo híbrido, las cifras oficiales reflejadas en las nuevas etiquetas de la Agencia de Protección al Medio Ambiente (EPA), son 29 en ciudad, 36 en carretera y 31 de promedio combinado.

Por concretar un poco, la berlina se ha diseñado, desarrollado, equipado y producido para atraer tanto a clientes particulares como a empresas, pensando en un público objetivo compuesto por aquellos que buscan una alternativa premium nueva y que permita disfrutar de la conducción.
Para Johann de Nysschen, presidente de Infiniti Motor Company, el Q50 representa “todos los valores de Infiniti: diseño seductor y transgresor, prestaciones excepcionales y un alto nivel de tecnología intuitiva”. Por su parte, Sebastian Vettel ha colaborado en la puesta a punto dinámica del Q50, probando en circuito una y otra vez los ajustes de dirección, suspensión y frenos.
La doble oferta en materia de motorizaciones, gasolina e híbrido, responde a una estrategia de entrar en USA con un vehículo atractivo desde un punto de vista comercial, pero sin desatender la imagen de marca tecnológicamente avanzada con modelos de altas prestaciones.
 

 
El Q50 bebe directamente de las fuentes que son los tres concept cars de Infiniti presentados en 2009, 2011 y 2012: Essence, Etherea y Emerg-e, y eso se percibe tanto en su línea general, su silueta, que hereda del prototipo Essence, como en numerosos detalles repartidos por su exterior y su interior.
El resultado es una berlina bella, aunque en algunos detalles nos pueda descolocar un poco. Sin ir más lejos, el frontal resulta excesivamente apuntado en comparación con el resto del cuerpo, y a algunos les puede parecer que, al menos en fotografía, hay demasiado panel lateral para la superficie acristalada que tiene.
Al natural, sin embargo, lo cierto es que convence, y mucho. Es una de esas berlinas que hacen que la gente se gire para mirar. Dando vueltas por la ciudad, las miradas nos siguen, y eso es algo que no siempre ocurre; y menos, con un vehículo del segmento D.
Si seguimos con ese recorrido que estábamos realizando por el exterior del Q50, su zona posterior nos deja ver, en primer lugar, un reparto equilibrado de elementos, con una horizontalidad general que le hace mucho bien. En segundo lugar, los detalles más destacables: unos faros alargados y envolventes, aunque demasiado evocadores de otros diseños, una línea de maletero curva y unos terminales de escape tremendos.
 

 
En conjunto, hablamos de una berlina que, sin manifestar grandes connotaciones deportivas, sí que resulta comedidamente emocional. Le pesa más, sin embargo, la voluntad de quedar bien con todos los públicos. Y consigue su propósito.
Que una marca como Infiniti defina los puntos esenciales de su producto con los valores de tecnología, habitabilidad y precio nos lleva directamente al interior del Infiniti Q50. En él, descubrimos un mundo al que no nos tienen demasiado acostumbrados ciertos fabricantes premium, y es el gusto por el detalle, tanto en lo estético como en lo funcional.
 

 
El espacio interior resulta acogedor sin agobiar en ningún momento ni al conductor ni a los acompañantes. Las posiciones de uno y los otros quedan completamente separadas, sin que por ello el conductor se sienta aislado del resto. Y la gestión del lugar que ocupa cada uno es impecable, con unas separaciones a la altura de la rodilla que no son fácilmente mejorables.
El reglaje de los asientos delanteros es muy bueno en la versión más equipada, con dos memorias para los reglajes eléctricos, y algo discutible en accionamiento cuando hablamos de la versión inferior, que monta reglaje manual por palanca y cremallera. En cualquier caso, desde la óptica de la ergonomía los asientos delanteros no tienen tacha. Son buenos incluso los reglajes lumbares y dorsales, tan complicados a veces por un exceso o defecto de dureza.
 

 
La visibilidad del panel de instrumentación es muy correcta, aunque no sucede lo mismo con la muy espectacular doble pantalla táctil (arriba, GPS; abajo, ordenador de a bordo), que queda fácilmente enmascarada por la luz del sol. El acceso a los mandos es algo irregular: los básicos están bien ubicados, pero el modo de tracción y el interfaz del navegador quedan algo atrasados. En el balance positivo destacan las levas de magnesio, que de forma opcional en el top de los de gasolina, y en los híbridos de serie, hereda del monoplaza de la casa.
 

 
Ya en las plazas traseras encontramos un buen espacio que nos permite viajar cómodamente en un asiento que, con todo, resulta discreto en apoyos transversales (los justos, que tampoco es este un coche como para ir de tramo) y, sobre todo, precisa una mayor altura en los reposacabezas, cuyas cañas son demasiado cortas. La distancia hasta el respaldo delantero, al menos con los ajustes para un conductor de 1,80 metros, es holgada merced a la larga batalla del Infiniti Q50.

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